«¿A qué ciudad queréis servir?»
El contundente mensaje de León XIV frente al poder · Palacio Presidencial, Malabo · 21 de abril de 2026

A las 11:45 de la mañana del martes 21 de abril, el avión papal aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Malabo. León XIV pisaba tierra guineoecuatoriana por primera vez, y lo hacía en una fecha de inmenso peso emocional para el mundo católico: exactamente un año antes, ese mismo día, había fallecido el Papa Francisco.
La capital llevaba semanas preparándose para este momento. Era la segunda vez en la historia que un Pontífice visitaba el único país hispanohablante de África —la primera fue San Juan Pablo II en 1982, cuarenta y cuatro años atrás—, y la nación entera lo vivía como el acontecimiento de una generación.
Tras la ceremonia de bienvenida a pie de pista, el Santo Padre se trasladó al Palacio Presidencial para su encuentro con el Presidente de la República, las autoridades del Estado, la sociedad civil y el cuerpo diplomático. Y allí, desde el primer minuto, dejó claro que su visita no se limitaría a la diplomacia de cortesía.
Las dos ciudades y la nueva capital
León XIV abrió su intervención recordando las palabras que Juan Pablo II pronunció en ese mismo lugar en 1982, exigiendo un clima social de auténtica libertad, justicia y respeto a los derechos de cada persona. Unas palabras que, advirtió el Papa, siguen interpelando hoy a cualquiera que ocupe un cargo público.
Desde esa exigencia, el Santo Padre construyó su reflexión sobre la imagen de las dos ciudades de San Agustín: la Ciudad de Dios, fundada en el amor incondicional y en el servicio a los pobres; y la ciudad terrena, dominada por el amor sui —el amor orgulloso de uno mismo—, la sed de poder y la gloria mundana que conducen a la destrucción.
Fue entonces cuando el Papa aterrizó la teología en la geografía concreta del país, señalando la reciente construcción de la nueva capital guineoecuatoriana: le han dado un nombre en el que resuena la Jerusalén bíblica, Ciudad de la Paz. Y lanzó la pregunta que vertebró todo el discurso: ojalá ese nombre haga reflexionar a cada conciencia sobre cuál de las dos ciudades quiere servir.
La exclusión, la especulación y el recuerdo a Francisco
León XIV no se quedó en lo abstracto. Habló con dureza de las realidades que desestabilizan la convivencia humana: la brecha dramática entre una pequeña minoría y la inmensa mayoría vulnerable, la paradoja de una pobreza extrema que coexiste con el acceso global a la tecnología, la especulación sobre las materias primas que atropella los derechos de las comunidades locales y la salvaguardia de la creación, y la colonización de yacimientos petrolíferos y mineros como uno de los motores principales de los conflictos armados en el mundo.
En el momento más solemne del discurso, coincidiendo con el primer aniversario de su muerte, León XIV hizo suyo el grito de su predecesor: el Papa Francisco, que hace justo un año dejaba este mundo, había advertido que hay que decir no a una economía de la exclusión y la inequidad, porque esa economía mata.
Un país joven y un banquete para todos
El Papa no pidió a Guinea Ecuatorial que mirara hacia otro lado, sino que revisara valientemente sus trayectorias de desarrollo y aplicara políticas centradas en el bien común, capaces de ir a contracorriente. Recordando que este es un país joven con hambre y sed de justicia, reclamó un pacto educativo que otorgue espacio y confianza a las nuevas generaciones.
Y concluyó con una imagen del profeta Isaías: los verdaderos constructores de la paz son los que forjan arados con sus espadas, y el banquete final de la nación no estará reservado a una élite sino repartido entre todos.
Fue un primer gesto de claridad profética que marcó el tono de todo lo que estaba por venir.
Llegada al Aeropuerto Internacional de Malabo
Discurso en el Palacio Presidencial